Alrededor de 30 personas, muchas de ellas pertenecientes al Centro Excursionista de la Ribagorza, nos acompañaron el pasado sábado día 10 de diciembre de 2011 hasta Puy de Cinca, siguiendo el sendero PR17 con salida desde Secastilla.

Las tres horas de ida transcurrieron sin novedades, y justo antes de avistar el pueblo realizamos una pequeña parada para almorzar. Atrás dejábamos barrancos y pinares, y la ermita de San Valero o ilesieta, testigo del asentamiento original de Secastilla, y en la que nos detuvimos unos minutos para apreciar los restos de su planta románica.

Tas el tentempié comenzó la bajada por la pista forestal que nos acercó a Puy de Cinca. A nuestro paso, una pequeña fuente, la de la Selva, tenía obstruido el caño por los líquenes pero una mano generosa la limpió y pudimos beneficarnos de su agua fresca.

En nuestro acceso al pueblo íbamos siguiendo los antiguos muros de piedra que con tanto esfuerzo y habilidad construyeran nuestros antepasados bordeando el camino de caliza.

La ermita de San José o San Pedro (nos han llegado las dos informaciones) es la primera que enontramos. Parada y comprobación de su estado: restos significativos de coloristas pinturas en el techo y los muros, y grandes agujeros en el altar y el ábside que delatan el cruel expolio al que este lugar se ha visto sometido durante décadas. Tras el portón, todavía encontramos un tosco colgador con varias perchas.

Lo siguiente que encontramos en nuestra llegada al pueblo es la iglesia de San Sebastián, cuya torre partida en dos se mantiene erguida todavía milagrosamente. Paseamos en su interior atravesando la puerta cubierta de vegetación y piedras caídas. Era esta una iglesia grande, la parroquial alrededor de la cual se cree que nació el asentamiento primitivo. Salvando escombros curioseamos las capillas laterales y disfrutamos de las decoraciones pictóricas y escultóricas, algunas todavía en su lugar original en los muros, otras caídas y rotas. Cruzando la sacristía llegamos al acceso a la torre, donde se aprecia el ábside románico original, tapado por construcciones sucesivas. Silencio y frío.

Rodeando la iglesia atravesamos el cementerio, tumbas abiertas y lápidas abandonadas, testigos de la falta de escrúpulos de quien buscando un diente de oro es capaz de perturbar el descanso final de sus semejantes.

Volvemos a la pista y pasamos por delante del solar donde se situaba la prensa de aceite que hoy luce en una céntrica calle de Barbastro.

Al llegar a la parte baja del pueblo por donde deberíamos acceder al caserío, comienzan los problemas: barzas y escombros se funden desorganizadamente. Intentamos penetrar en el pueblo, pero es imposible y nos conformamos con rodearlo, admirando las enormes casas cosntruidas siglos atrás, abandonadas y desprovistas de sus tejados, deshaciéndose lentamente al sol.

Se adivinan plazas, calles, portales. Con gran esfuerzo logramos rodear todo el lugar y volver a la iglesia, pasando por el acceso al barranco que hay que salvar para acceder a la ermita de la Virgen del Romeral.

La tarde cae rapidamente por lo que decidimos dejar la exploración del Romeral para la próxima visita. La boira nos acompaña durante el camino de vuelta. Cansados pero contentos de haber podido compartir esta aventura, cerramos el día en el bar de Secastilla, frente a una taza de café con leche, bien calentito…

Os dejamos con el enlace al album de fotos que se publicó en Facebook, y os recordamos que ¡habrá más excursiones a Puy de Cinca!

Gracias a todos los que nos acompañasteis.

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